Misterio, enigma, fascinación, exotismo, belleza y un nuevo reto, fueron los ingredientes que me indujeron a lanzarme a la aventura del cultivo de estas maravillosas plantas que son Las Orquídeas.
Una Cattleya fue el detonante, allá por el año 1981, que desencadeno en mi, la “fiebre” por estas plantas y que en la actualidad sigue como si fuera el primer día. Observando una enorme Cattleya del ramo de novia de mi hermana, causo tal impacto en mi, que al día siguiente hice mi primer pedido de una Orquídea al florista que realizo dicho ramo. Una semana después tenia en mis manos mi primera orquídea que no fue una Cattleya, si no, un para mi, hermoso Cymbidium. Los comienzos fueron duros, falta de información, inexistencia de bibliografía, las poquísimas ocasiones de poder ver una orquídea en una floristería y las pocas que llegaban a mis manos, ( excepto mi primer Cymbidium ), apereciendo ante mis ojos, me llevaron a una oscilante camino de ilusión y decaimiento en esta afición. Sobre el año 1990 fue cuando llegó a mi conocimiento la existencia en Madrid de una asociación dedicada a estas plantas el CAO, Club de Amigos de las Orquídeas. Me falto tiempo para afiliarme y empezar a descubrir un mundo que hasta ese momento se resistía a abrirse ante mis ojos. Una desesperada búsqueda de amigos catalanes inscritos en dicha asociación, culminaron en un encuentro entre varios “locos” como yo. En un primer momento, los Paphiopedilum, no gozaban de mi agrado. Mayormente por la gran cantidad de variedades de flores que se abrían frente a mi. Jordi Rovira, un gran amante y cultivador de Paphiopedilum fue quien, poco a poco, hizo ver en mi lo enigmático de este genero.
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